Por amor al miedo

Por amor al miedo nos metemos en recovecos de la mente en los que siempre hemos estado. No son sorpresa, sino hogar. Son los mismos, los que existen desde que éramos tan pequeños que nos impidieron crecer como un árbol emerge desde la semilla hasta tocar el cielo, sin prisa, sin pausa, sin pensamiento, sin futuro ni expectativa.

Por amor al miedo nos odiamos, y hacemos que los demás sientan lo mismo, sino lo sentían ya de antemano. Inscribimos en sus paredes mentales nuestros gritos, nuestras alertas, nuestras cautelas, nuestros imprevistos. Y los hacemos suyos. Pero a la vez nuestros. De todos.

Por amor al miedo no nos despegamos de la realidad repetitiva y construida. Aunque lo pensemos, meditemos e incluso vaporicemos la falsa experiencia en la que nos ahogamos, seguirá ahí. ¿Y cuánto de todo esto es útil? ¿Cuánta verdad? Más poderoso el falso percibir que todo amor y bondad.

Adivinar que somos nosotros los que tomamos al miedo de la mano es la mejor manera de soltarlo, porque él no es el que nos lleva a su lado. Él no es el que nos hace sentir menos que los demás, ni el que nos hace angustiarnos por algo que visualizamos, pero que, sin embargo, no podemos tocar. Somos nosotros los que encontramos en sus síntomas un espejo siniestro donde todo irá a peor, donde todo estará mal. Ese miedo que creamos en pasado, vivimos en presente y reconvertimos en futuro, es nuestro amante eterno si así lo deseamos.

Por amor al miedo… no hay amor más doloroso.

Iván Hernández,

Diciembre 2014

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