El odio

El odio reside en todos nosotros como resultado del miedo. El miedo colapsa no solo la mente, llenándola de pensamientos irracionales, sino también la respiración, es capaz de tensar los músculos, acelerarnos el pulso y dejar la mirada en un infinito imposible de alcanzar. Cuando habla el miedo, tendemos a escupir odio de todas las maneras imaginables. Pero sospecho que es el modo en el que el miedo crea a través de nosotros.

Sí, nos han enseñado a temer —en muy pocas ocasiones con fundamentos reales de peligro vital real— y, como consecuencia, hemos aprendido a odiar. Odiamos todo lo malo que nos sucede y nos aferramos a lo bueno, aunque sepamos por experiencia que juzgar lo que sucede a nuestro alrededor es simplemente una estrategia de nuestra mente enferma por escapar de la realidad. El suceso es uno, sin adjetivos, porque nace sin la maldad o la bondad a su lado. ¿Puede acarrear un hecho un perjuicio en nuestras vidas? Es posible que sí, si enfocamos toda nuestra energía a ese yo aparentemente real que vive fuera e interactúa de manera interesada con los demás. Es posible que sea eso lo que alimente nuestra mente, separada en cierta manera de nosotros mismos, la que nos impulse en la dirección que creemos acertada hacia un objetivo material más o menos claro… o difuso.

El objetivo-destino no es perdurable. No existe más que en las expectativas. Y ese resultado siempre efímero nos quiebra el pensamiento y buscamos culpables en nosotros mismos, en los de aquí, en los de más allá, tanto si llegamos a él de la manera deseada como si no. Porque si llegamos queremos más, creamos otros problema-sueño-expectativa, y si no llegamos… simplemente nos puede la frustración.

¿Culpables? Ninguno lo es, porque no es necesario que existan culpables, ni vencedores ni vencidos. Cada vez que te sientes ofendido, aunque sea por ti mismo, estás cometiendo un acto de separación. Cada vez que sientes miedo estás separándote también, olvidando que la perfección no conoce el miedo. Porque estoy convencido de que la perfección existe y la naturaleza universal es un claro ejemplo de este hecho. Somos nosotros los que tememos nuestra vida colgando etiquetas a todo: bonito, feo, mejor, peor, derechas, izquierdas, fascistas, comunistas, católicos, musulmanes, pobre, rico, trabajador, parado, luchador, vago. Toda separación, toda etiqueta, se convierte pronto en miedo y posteriormente en odio.

¿Es un pensamiento real o falsamente colectivo? Hemos santificado el miedo, condenando la felicidad a momentos muy breves de nuestra existencia material. ¿Cómo hemos llegado a este punto? Creo que todos tenemos una respuesta, que en parte es la solución, pero el cambio es complicado, aunque posible, en una mente hecha a imagen y semejanza del odio.

Apartarnos de él por un instante es observar el miedo como lo que es: falsedad. Y lo que no es: verdad.

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