Pidiendo la vez

Soy un viajero habitual del Metro de Madrid. Tengo que reconocer que, pese a todo lo que se pueda comentar sobre viajar en transporte público, me encanta. Vale, no me gusta que sea caro, que muchas veces mi línea sufra retrasos o averías, que huela raro o que haya comerciales intentando detenerte para venderte una tarjeta de crédito o una suscripción a una ONG (sería mejor que el comercial de las tarjetas de crédito se las vendiera a las de la ONG y así la ONG tendría crédito infinito con infinitas posibilidades de pago). Bueno, sigamos. Como iba diciendo el Metro me gusta y paso unas dos horas diarias en él. ¿Demasiado tiempo? Genial.

En el Metro de Madrid se concentra un gran número de personas. Desconocidos que nos conocemos muy bien. Solemos vernos todos los días, porque los viajeros somos seres de costumbres: el mismo vagón, el mismo asiento, el mismo desodorante y la misma cara de sueño. Pero, entre medias, surge la magia.

La magia de observar. Observar con suma atención todo lo que sucede a nuestro alrededor. Por lo general puedo ver muchos libros electrónicos, muchos smartphones llenos de Candy Crushes y WhatsApps masivos de buenos días o buenas tardes. La gente busca la manera de pasar el tiempo y evadirse. Yo, por mi parte, suelo escuchar música o audiolibros. Mientras tanto, observo.

Me he dado cuenta de lo bonito que resulta todo. Desde las arrugas de la mano de una señora mayor hasta las ojeras de un hombre que ha pasado seguramente una mala noche. Y las miradas, las miradas perdidas que se cruzan sin destino aparente, dentro de una corriente de pensamientos internos que nos atan a la realidad diseñada. ¡Qué belleza! Algunas personas se obsesionan con su reflejo vacuo en el cristal de enfrente cuando pasamos por los túneles. Se encuentran defectos y sus ojos se abren un poquito más. Miran hacia otro lado y vuelven a mirarse. Se recolocan el cabello, deciden que ese pelo tiene que estar más a la izquierda, que su caída no es la correcta. Otras hablan en voz alta, incluso sin compañía. Me pregunto si nos diferenciamos mucho de ellos. Creo que no. Todos pensamos en voz callada, cuando muchos desearían gritar.

Cuando entra alguien en el vagón pidiendo ayuda económica es como escuchar a un cuentacuentos. Supongo que la mayoría no creen lo que dice, a otros les incordia si tocan algún instrumento musical en lugar de narrar sus penurias. Otro pequeño grupo ofrece su ayuda con una moneda. Pero la gran mayoría mira a otro lado, esperando que desaparezca ese ruido que nos ha roto el pensamiento. Sinceramente, sería bueno romperlo siempre con cosas así porque nos ayudaría a pensar en la dirección correcta.

Pero para mí, lo más llamativo de todo, es todo aquel que pide la vez sin saberlo. Sí, los que para protegernos levantamos la mano para agarrarnos fuertemente a la barra horizontal. Desde allí, nuestros cuerpos bailan en idas y venidas, en silencio. Pero a la vez estoy seguro de que, de un modo extraño e inocente, pedimos la vez. La pedimos para escapar, para buscar, para hallar, para llorar, para reír, para querer a los demás. Pedimos la vez para que nada vuelva a ser igual, para que nos sorprenda lo habitual y no la sorpresa sin más. Pedimos la vez para que nos dejen paso hacia una vida mejor, hacia un paseo por las nubes de la mano de la conciencia. Pedimos la vez para poder lavar nuestras heridas y curarlas con suspiros y caricias. Pedimos la vez para vivir. ¿Para vivir? Seguimos agarrados a la realidad más absurda, la creada por nosotros. Sí, nosotros, porque aunque no lo creas, tu realidad la hago yo, tú y ellos. Además, por lo general buscamos razones para hacer entender al otro por qué las cosas son como son, cuando las cosas son como todos queremos que sean. Para darnos por vencidos.

Suena en megafonía la llamada. Tu parada se acerca. Agárrate fuerte y pide permiso para salir, pero nunca perdón.

 

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